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  • El fútbol en Afganistán, entre la revolución y la resistencia


    07 de septiembre de 2021

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    por Ayelén Pujol

    Las deportistas buscan refugio en otros países ante la vuelta al poder de los talibán, que llegaron a utilizar estadios para asesinar a mansalva. La lucha de las futbolistas, que crearon una selección y denunciaron a los dirigentes.

    Khalida Popal dice que no tiene poder. Pero enseguida se corrige: afirma que el poder es su voz. Fundadora de la Selección de fútbol femenino en Afganistán, actualmente vive en Dinamarca, donde se refugió, como algunas de las deportistas de un país que por estos días vive el retorno de los talibán. Fue de las primeras en hablar del peligro que vivían sus compatriotas y que alguna vez ella misma hizo cuerpo. Se exilió, volvió a su tierra, volvió a irse cada vez que este régimen tomaba el poder. Entre todas las opresiones que padecen las mujeres, Popal eligió el fútbol como espacio de lucha por los derechos. O el fútbol la eligió a ella.

     

    Por estos días, hubo distintas iniciativas de rescate. Una fue impulsada por la FIFA y Fifpro (el sindicato mundial de futbolistas) y consiguió que Australia recibiera a alrededor de medio centenar de mujeres deportistas que temen por sus vidas.

     

    Popal empezó a jugar al fútbol en el patio de su casa, con el incentivo de su madre, profesora de educación física. Alguna vez contó que en aquellos juegos en el patio no gritaba los goles para no llamar la atención. Hoy tiene 34 años, pero cuando huyó de Kabul contaba 9. Volvió en 2007 para armar la selección.

     

    Por entonces, las jugadoras empezaron a juntarse y a jugar en parques. El primer partido fue contra un equipo de la OTAN contra el que perdieron 5 a 0. Tuvieron que pasar tres años hasta el primer encuentro oficial: Nepal les ganó 13 a 0.

     

    Afganistán

    Afganistán

     

    La ex futbolista estadounidense Kelly Lindsey fue entrenadora del equipo. Contó que cuando aceptó el desafío no sabía que iba a tener un trabajo más vinculado a la defensa de los derechos humanos que al fútbol. En una entrevista que le brindó al diario El País de España hace unos años detalló que armaba la base del equipo con jugadoras nacidas en el exilio. A ellas se sumaban futbolistas de Afganistán que eran vistas por entrenadores de allí. Lindsey coordinada todo por internet porque no podía pisar el país. También vivía amenazada.


    Un día, Lindsey les preguntó a sus jugadoras qué significaba representar a su país en la selección. Le dijeron es que jugaban por todas las mujeres afganas que no tenían voz.

    Se trata de un país en el que el gobierno talibán utilizó estadios para llevar adelante ejecuciones. La historia de Zarmina, madre de 7 hijos, fue muy difundida: recibió un disparo en la cabeza en el punto de penal.

     

    El fútbol fue -sigue siendo- un espacio de resistencia. La cancha en la que pueden alzar la voz ante tanta violencia y opresión. En 2018 las futbolistas denunciaron al presidente de la federación, Keramuddin Karim, por abusos sexuales de futbolistas entre el 2013 y ese año.

    Lo hicieron con el patrocinio de FIFPRO, el sindicato, después de intentarlo en la federación asiática, donde las denuncias no llegaban a resoluciones, en una desidia institucional que permite leer redes de complicidades. La cofradía machista avalando el horror. Karim fue suspendido de por vida y tiempo después intentó apelar la sanción, pero las jugadoras volvieron a aportar pruebas ante el TAS (Tribunal de Arbitraje Deportivo).

     

    Son días en los que la situación de las mujeres afganas ocupa el centro de las noticias en el mundo. En los Juegos Paralímpicos, la organización dejó desfilar en solitario a la bandera de Afganistán en la ceremonia de apertura como mensaje de apoyo al país, que anunció que no participaría, pero con la esperanza de que sus atletas llegaran a Tokio.

     

     

    Estuvieron el velocista Hossain Rasouli (no pudo participar en la prueba que le correspondía inicialmente, pero debutó el martes en salto en largo) y Zakia Khudadadi, segunda mujer en representar a su país en los Paraolímpicos y quien había publicado en sus redes sociales un mensaje que recorrió el mundo: “Mi intención es participar en los Juegos, por favor, tomen mi mano y ayúdenme. (...) No permitan que los derechos de una ciudadana afgana en el movimiento paralímpico sean arrebatados tan fácilmente".

     

    Nilofar Bayat, capitana de la selección de básquet en silla de ruedas, se refugió en Bilbao. "Soy la prueba de que en Afganistán no hay futuro ni esperanza", expresó. Muchas colegas tuvieron que buscar asilo en otros países.

     

    La futbolista Nadia Nadim relató mil veces su recorrido: su padre, general del Ejército, fue asesinado por los talibanes cuando la delantera tenía 9 años. Junto a su madre y sus cuatro hermanas escaparon a Europa. Llegaron a Dinamarca en un camión. Aprendió a jugar al fútbol en un campo de refugiados y se nacionalizó danesa (fue la primera nacionalizada en integrar la selección). Actualmente juega en el Racing Louisville de la Liga estadounidense.

    Las historias de las deportistas afganas y su pelea por desarrollarse no constituyen historias de superación. Se trata de una pelea revolucionaria. En una entrevista reciente, Popal sostuvo que no podía ir a Afganistán y sacar a sus compañeras de allí. Las imágenes en las que aparece en Internet la muestran siempre con una pelota. Desde ahí lucha. “Mi poder es mi voz. Y mi voz es fuerte”, dijo.

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