Relatores

  • Para contratar entrenadores hay que leer


    19 de agosto de 2021

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    por Ariel Scher

    Paciencia, dirigentes. Leer es un acto que no demanda casi nada, pero exige paciencia.

    La dirigencia del fútbol, ¿lee?

    Lee. ¿Pero qué lee?

    ¿Qué lee, sobre todo, mientras se fractura las ropas (o, en más de un caso, simula fracturarse las ropas) y despide a un entrenador atrás de otro?

    Acaso la dirigencia del fútbol debería leer más. Y no por placer, si ese placer se les ausenta a causa de las urgencias de su labor. Por motivos prácticos, nomás. Como suena. Es que leer, leer con detalle, leer línea por línea, resolvería la tensión de andar cambiando de director técnico con una frecuencia parecida a la que cambia el agua de los ríos.

    Si algún dirigente contratara a Miroslav Voltov se le acabaría ese problema. Y si se le complicara Voltov por alguna antipatía insólita hacia los búlgaros, a la vuelta de página dispondría de Helmutt Muller, otro crack. Y si Muller les molestara porque su andamiaje ideológico lo sitúa lejos de Pep Guardiola o de Jurguen Klopp, podrían ir detrás de los pasos del más oculto y, tal vez, más sapiente de todos, o sea del Míster Peregrino Fernández, argentinísimo y emblema del oficio.

    Paciencia, dirigentes. Leer es un acto que no demanda casi nada, pero exige paciencia. Voltov es "El búlgaro", del cuento mayúsculo de Juan Sasturain, ahora director de la Biblioteca Nacional y siempre gran escritor. ¿Hay un entrenador en la historia, en toda la historia, mejor que ese búlgaro que narra Sasturain? Este tipo, entrañable, tan semejante a los tíos nobles de cualquier familia: "Seguro que ese viejo de pelo crespo y ojitos claros de astronauta retirado había trotado, porque las zapatillas las tenía a la miseria. Eran una especie de botines Sacachispas, fabricados probablemente en el Este, que parecían haber conocido el hielo de las estepas y las arenas de El Cairo. Y el currículum del tipo, que leyó Gagliardi como mejor pudo, ratificaba que no le quedaba continente por conocer. Los últimos años de trabajo en Centroamérica lo habían familiarizado con el idioma, con el fútbol argentino incluso, a través del contacto con Miguelito Brindisi, con Hugo Cordero, con técnicos y jugadores que andaban por allá".

    Pero surge evidente que cierta dirigencia pretende otra cosa, aunque nunca sobren los argumentos de qué cosa busca. Entonces, ahí, en la cumbre, probablemente sin laburo ahora, se erige Helmutt Muller, el director técnico relumbrante que Roberto Fontanarrosa concibe para entretejer su novela "El área 18", en la que el fútbol es la senda para abordar cada conflicto humano o no tan humano. El alemán Muller entrega en una de sus charlas: "Los de vanguardia abrirán el campo, colonizarán los extremos y picarán a los vacíos". De verdad, señores y señoras que dirigen, ¿alguien les puede ofrendar algo superior?

    Pero no. Poetizar el fútbol retumba excéntrico e ineficiente en los tímpanos pragmáticos de gente mandamás o mandamenos de la pelota. Es decir que la pobreza trotamundos de Voltov y las ilusiones románticas de Muller no encajan. Ahora, ¿cómo objetar al Míster Peregrino Fernández, criatura genial de Osvaldo Soriano, a quien el propio Soriano visita en un geriátrico para recrear memorias y tornarlas en hipotético libro? Quizás sea una cuestión de suertes. De pocas suertes. Lo asume Soriano: "Muchos años después, Juan Carlos Lorenzo me dijo que todos los técnicos que han sobrevivido tienen buena fortuna. Peregrino Fernández no la tenía y era terco como una mula. Armó un equipo novedoso, con tres defensores en zona y otro —yo— que salía a romper el juego. En ese tiempo eso era revolucionario y empezamos a empatar cero a cero con los mejores y con los peores. Pedrazzi, que jugaba en la última línea, me enseñó a desequilibrar a los delanteros para poder destrozarlos mejor. '¡Tócalo!', me gritaba, y yo lo tocaba, y después se escuchaba el choque contra Pedrazzi y el grito de dolor. A veces nos expulsaban y yo perdía plata, y arruinaba mi carrera de goleador, pero Peregrino Fernández me pronosticaba un futuro en River o en Boca".

    Voltov, Muller y el Míster Peregrino Fernández o Sasturain, Fontanarrosa y Soriano respiran en cualquier pared generosa con la literatura buena. Y algo más impresionante: no están solos. Una colección de entrenadores en los que cabe la diversidad de la existencia esperan para, primero, ser leídos y, luego, salir al campo y frenar tanto disparate ejecutado en nombre de los malos resultados.
    Dirigencia despedidora de individuos que intentan armar equipos: basta de pretextos. Unos cuantos estantes cargados de papeles literarios ofrecen salidas para todos los paladares. ¿No hay lecciones sobre la dirección técnica en cada párrafo de "Señor Pastoriza", el cuento de técnicos de Eduardo Sacheri que enseña que quien ejerce ese trabajo puede representar bastante más que un cuerpo preocupado al costado del césped: "Por eso, gracias, señor Pastoriza. Por ese campeonato de leyenda que me dio la oportunidad de dar la última vuelta olímpica con mi viejo, sobre la mesa del comedor, mientras él le hacía las últimas gambetas a la muerte".
    Acá no aflora un atajo posible para quienes conducen los clubes. El Pato Pastoriza, por supuesto, no es el único profesional famoso de la dirección técnica con territorio literario propio. Desde el otro lado de Avellaneda se justifica el orgullo de que Juan José Pizzuti, campeón del mundo entre clubes igual que Pastoriza, motoriza "El Equipo de José nunca existió", una novela de Adrián Desiderato o conmueve en "Mi madre andaba en la luz", un cuento de encantos del gran Haroldo Conti ("pasándole un brazo por los hombros como si fuese el propio Pizzuti"). Casi tirando paredes con ellos, el Angelito cumbre de River brilla en "Señor Labruna", delicia del mendocino Rodolfo Braceli.

    Atentos dirigentes. Si César Luis Menotti, campeón mundial en 1978 y autor de "Fútbol sin trampas" junto a su colega Ángel Cappa , desfila en "Quinteto de Buenos Aires", del maestro catalán Manuel Vázquez Montalbán (anticipador, por otra parte de la gloria de Pep Guardiola como DT), Carlos Salvador Bilardo suena desde el título en "Haikus Bilardo", un trabajo colectivo construido por Fernando Figueras y José María Marcos en el que la forma poética clásica de Japón queda dibujada en esquemas futbolísticos como los del Mundial mexicano y de vuelta olímpica de 1986. Está lleno de libros excelentes con biografías sobre entrenadores, pero, en el horizonte argentino, sólo los dos que tocaron el cielo del planeta redondo comparten una obra: "Bilardo-Menotti: la verdadera historia", de Néstor López y Cayetano. Se ve que ser el entrenador nacional constituye un modo de golpear las puertas de los libros: Guillermo Stábile, de larga presencia en el cargo (de 1941 a 159 y de 1960 a 1961), figura en una de las aventuras del comisario Croce, protagonista de historias impagables de Ricardo Piglia, otro maestro.

    Igual, los responsables de conchabar y, más que eso, de desemplear a los directores técnicos conservarían razón si dicen que también las librerías revelan que hubo tiempo en el que nadie estaba tan pendiente del coach (en particular cuando el peso de lo británico hundía en el habla ese término). Cualquier rastreo por las obras publicadas en otras etapas de la historia, ya muy futboleras, no concede pistas sobre la presencia de técnicos. "Ante todo, el tan zarandeado sistema lo inventó un entrenador inglés, Míster Chapman, al que un día se le ocurrió que había descubierto una paponia: hacer jugar a su equipo colocando a los hombres en la cancha como si formaran una doble ve en la delantera y una eme atrás", retrató Juan Mondiola -el periodista Miguel Bavio Esquiú, que con ese seudónimo hasta llegó a generar una película- en "¿De qué sistema me hablás'", un texto de 1954 con el foco en Herbert Chapman, el inglés que revolucionó la táctica en el fútbol. Claro que el desmenuzamiento estratégico lo venía efectuando Alfredo Enrique Rossi, Chantecler para el público de El Gráfico, con una pluma exquisita. También brota un debate sobre estilos de juego en "Sobre héroes y tumbas", de Ernesto Sabato ("Ahí tenés, si se quiere, todo el problema del fóbal criollo", concluye tras meditar sobre la eficacia y la gambeta). Probablemente, alguna dirigencia le dedicara las retinas, pero no aparecen garantías de que aceptarían la propuesta.

    Enfocando hacia el pasado, habrá omisiones al repasar las combinaciones entre las letras y los directores técnicos. ¿Algún antiguo miembro de comisiones directivas habrá determinado futuros de su club sobre la base de este tramo luminoso de Osvaldo Ardizzone, periodista de El Gráfico por esas jornadas y versificador eterno? Va: "Néstor Rossi debe de ser el técnico más extraño del mundo. El único raro que, a pesar de estar en la raya lateral, dirige a su equipo como jugador. Como si estuviera adentro. Como si estuviera sintiendo la caricia de la pelota en los pies. Y quizá por eso grita. Por eso se desespera cuando 'siente' que alguien 'le pega con las empanadas'... Por eso blasfema cuando comprueba que alguien mata la pelota con 'los resortes'... Por eso se pone ronco cuando algún otro en vez de hacer un muelle 'pone el pecho como un ladrillo'... O 'pone la herradura' en vez de pisarla delicadamente..."

    Es posible que, en la Argentina, los entrenadores se transformaran en tapa de libro recién en 1965 cuando Osvaldo Zubeldía y Argentino Geronazzo sacaron "Táctica y estrategia del fútbol", editado por Jorge Álvarez, el sello transgresor que en su catálogo incluía a Rodolfo Walsh. Difícil verificar si las autoridades de más de un club apelaron a esas hojas para seleccionar a un orientador de sus conjuntos. El cine no los debe haber estimulado. En 1963, se estrenó "Pelota de cuero", en cuyo guion participó Borocotó (Ricardo Lorenzo, en sus documentos), otro símbolo de El Gráfico, y Marcos Ferretti, eje del film, centromedio de Boca, parapadea feo cuando un entrenador europeo, pizarrón adelante, aspira a dar una cátedra de cómo hacer las cosas arriba del pasto. En esa etapa, hubiera descolocado a multitudes que alguien se atreviera a lo que Sebastián Beccacece, el entrenador de Defensa y Justicia, que le modeló estructura casi teatral a "El sueño, su aporte creativo para el libro Pelota de papel 2. De cualquier manera, no hay estadísticas sobre cuánta de la dirigencia que escoge a los DT se detuvo en ese muy buen material.

    Más allá de los méritos de esa pieza de Beccacece (o de otras contribuciones valiosas que sumaron Jorge Sampaoli, Facundo Sava, Mónica Santino, Pablo Ricchetti, Mariano Soso, Juliana Román Lozano y de nuevo Cappa a los volúmenes de Pelota de papel), sólo un desentendido de los ecos de una cancha extraviaría la poesía que sale de los técnicos. Gravitante en el universo y, por lo tanto, en la Argentina, Johan Cruyff salió de los Países Bajos para proclamar así: "Si tu tienes el balón, el rival no lo tiene". Y querido en los dos costados del Río de la Plata, el uruguayo Luis Garisto sintetizó su huella artística en una frase digna de cada libro: "Con jugadores pelotudos, no hay táctica que valga". ¿Realmente hay perspectivas de manejar una institución deportiva y no entregarle las orejas a ese caudal expresivo? Sería como pasar de largo de "Recibir al campeón", una hermosura de la uruguaya Sylvia Lago, en la que, sinceridad en la piel, un DT confiesa: "Qué director técnico ni director técnico. Coraje, nomás, que desplegaron por toneladas y eso no voy a salir diciéndolo porque no quedaría bien que yo, precisamente el director técnico, me destapara con esas declaraciones".

    Pero, claro, para intuir qué persiguen los dirigentes y qué sacudones o qué indiferencias les suscitaría la magia de leer sobre entrenadores, primero habría que revisar qué vienen pensando y qué vienen leyendo. O qué lecturas hechas o no hechas les diseñan el pensamiento. Si se concentraran en Kurt Lutman, talento para la pelota, compromiso más talento para narrar en cada uno de sus libros, ¿qué ocurriría? "Mostaza Merlo fue uno de los mejores técnicos que pude tener. No tanto por los resultados, ya que nunca ganamos nada con la Selección e incluso hicimos en el Mundial un papel para el olvido. Si tanto (si la tabla de evaluación fuera otra) porque fuimos campeones de un montón de cosas, pero estas medallas difícilmente sean advertidas en el mundillo del fútbol", devela ese ex futbolista de las selecciones juveniles y de Newell's en un texto que habla de ser campeones de la lealtad. La literatura aborda seguido la cuestión de la lealtad o de lo contrario. ¿Tiembla la lógica dominante? ¿Y si, como consecuencia de leer, emergen dirigentes que se entusiasman con los entrenadores que, primero que nada, educan sobre el valor de la lealtad?

    Habrá quienes estimen, con o sin respeto, que resulta una pavada imaginar a la lectura como una herramienta que ayude en los criterios para tener y para sostener un entrenador o para acabar con esa tendencia honda de trocar un protoplasma por otro cada vez que se acumulan empates o derrotas. Que esos se cuiden. Ya lo avisó Juan José Panno en una maravillosa microficción que integra su libro "En cancha chica". Se llama "Técnico".

    "Timoteo Tuttindietro. Típico técnico timorato de los que todo lo toman a la tremenda, terco, tenaz, tozudo, torpe, tumultuoso y tarambana. Trabajó en Temperley, Talleres y trascartón, lo tentaron del Tottenham y tomó el team por tres temporadas, pero tras tres terribles traspies le dieron el toque. Tuvo trascendencia televisiva por un tiempo cuando trajo una táctica temeraria: uno en los tres palos, tres atrás, tres más taponando, otros tres más en la trinchera y tres para el tiki tiki. Total: trece. El tipo no tenía talento para la trigonometría ni los teoremas, ni para el tres más tres. Lo trataron de tarado y tuvo que trocar a tácticas más tradicionales. Terminada su trayectoria, sus tíos, los Thiany, lo transportaron hasta las trashumantes telas del circo. Fue un terrible tragasables".

    Ya lo decodifica la dirigencia: Timoteo Tuttindietro no es el indicado. Deberían ir, entre otros, por Miroslav Voltov, por Helmutt Muller o por el Míster Peregrino Fernández. No hay certezas de que ganen partidos o campeonatos. Pero seguro que, como sucede con la buena literatura, los guardarán para siempre en el corazón.

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