Relatores

  • Poesía del arbitraje


    16 de julio de 2021

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    por Ariel Scher

    Nada que hacer. Son etiquetas sociales: la literatura sobre el amor suele dejar al corazón con más latidos, la literatura sobre las reivindicaciones de los castigados inyecta en los músculos una voluntad de lucha, la literatura sobre los árbitros viaja hasta los labios y los puebla de insultos. Una crónica imperdible de Ariel Scher.

    Casi todo puede ser expresado de mil maneras. Casi todo menos esto que, con apenas nueve palabras, dijeron y cantaron el Gordo Alorsa y La Guardia Hereje. Una especie de mandamiento decimoprimero, admitirán los que frecuentan la Biblia. Acá está:

    "No es posible un mundo mejor con árbitros bomberos".

    Porque es cierto que eso o algo semejante a eso retumba en las tribunas cuando es posible habitar las tribunas. Pero soltarlo así, tan así, con Var o sin Var, en el barrio o en una final internacional, requiere arte y exige haber respirado canchas. Título de una bella canción y síntesis del universo, "No es posible un mundo mejor con árbitros bomberos" sonará siempre aunque Alorsa (Jorge Pandelucos en su DNI), crack de la guitarra y de la imaginación, se haya muerto antes del cumpleaños 39, en 2009.

    Y sonará siempre porque, entre otras luminosidades, esa canción ("Yo no sé si las luces del estadio lo cegaron en el corner, señor juez/ O si fue el back central que lo tapó justo en el momento cumbre/ Pero vinimos de tan lejos, señor juez, con banderas en las manos/ Pa´ que usted nos robe así nuestra ilusión/ Señor juez, no fue penal") es pariente de toda una tradición de la literatura dedicada, claro que sí, a los árbitros. No una tradición cualquiera: una exquisita -y, a veces, puteante- tradición.

    "—¿Cobró penal? —abrió los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha—. ¿Qué cobrás? —gritó después, desaforado—. ¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?", descerrajó Roberto Fontanarrosa en "Viejo con árbol", un cuento clásico suyo que repone una bronca clásica de tantas y de tantos. "Con un gol mentiroso, convertido con un manotazo impúdico que el árbitro no tuvo la hombría de anular", se quejó Eduardo Sacheri heredando a Fontanarrosa en "Señor Pastoriza", otro clásico.

    Alguien sospechará que Fontanarrosa parió esa maravilla con el eco de alguna furia por la mala sanción de un tiro libre contra su Rosario Central querido. O que Sacheri se permitió esa oración aún enojado por un perjuicio para su Independiente en el más mítico de los duelos con Talleres de Córdoba. No es así, pero, si el Negro y Sacheri no funcionan como prueba, ahí brota Leopoldo Marechal, pieza alta del edificio de la literatura argentina, quien en "Megafón o la guerra", su novela última, insertó un tramo con partido de fútbol y apuntó, con sus dedos inspirados, sobre el árbitro: "Y se inició un encuentro maligno y enredado, como si demonios invisibles y de camisetas contrarias inspirasen las acciones. De pronto el réferi, un gnomo calvo y de piernas ridículas, otorgó un tiro penal a favor de River”. O, refuerzo uruguayo para ubicar en el paredón literario a los árbitros, bien contundente fue Mario Benedetti en su cuento "Puntero izquierdo": "Ellos tenían el juez, los línema, y una hinchada piojosa que te escupían hasta en los minutos adicionales por suspensiones de juego".

    Nada que hacer. Son etiquetas sociales: la literatura sobre el amor suele dejar al corazón con más latidos, la literatura sobre las reivindicaciones de los castigados inyecta en los músculos una voluntad de lucha, la literatura sobre los árbitros viaja hasta los labios y los puebla de insultos. Gustavo Marcovich, argentino y residente en México, lo subrayó en el nombre de uno de sus libros, "El árbitro: una prepotente existencia moral", en el que cabalgó arriba de los odios confesos e inconfesables de miles y miles hacia esos tipos. "A veces, raras veces, alguna decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, hinchas tendrían que inventario si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan", anotó Eduardo Galeano en "El fútbol a sol y sombra". Debe ser por eso que los libros expanden las maldiciones de las tribunas. O todavía más directo, como planteó Pablo Rojas Paz, el tucumano que jugó en las edades nacientes del Atlético de su provincia, socio de Jorge Luis Borges en emprender revistas literarias, rebautizado El Negro de la Tribuna cuando suscribía artículos de fútbol en el diario Crítica: "El árbitro de fútbol debe ser un poco San Sebastián; estar dispuesto a que las flechas vengan de todas partes hacia su corazón".

    Sin embargo, toda etiqueta revela un prejuicio. Es falso que el arbitraje merezca inexorablemente los agravios. Abundan los ejemplos en contrario. Y la literatura, que con frecuencia constituye un camino para inventar una realidad a partir de otra realidad, da testimonio de la altura ética de jueces y de juezas, más allá de que se les desparramen encima todas las colecciones de maltratos. "El colorado De Felipe era referí. Contra la opinión general que lo acreditó como un bombero de cartel, quienes lo conocieron bien juran que nunca hubo un árbitro más justo", aportó Alejandro Dolina en un texto que, sin casualidades, se titula "El referí demasiado justo". "Tal vez era demasiado justo -detalló Dolina-. De Felipe no sólo evaluaba las jugadas para ver si sancionaba alguna infracción: sopesaba también las condiciones morales de los jugadores involucrados, sus historias personales, sus merecimientos deportivos y espirituales".

    "A veces, raras veces, alguna decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, hinchas tendrían que inventario si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan", anotó Eduardo Galeano en "El fútbol a sol y sombra".

    Lo puso en la cancha con una jugada bárbara Dolina. O no él y sí su colorado De Felippe: dedicarse con el alma al arbitraje, ¿es cumplir con la ley o es ejercitar algo más encumbrado que la ley, algo que en demasiadas ocasiones no cabe en las leyes, o sea ser justo? "Todo está regulado por una ley no escrita que se llama 'lealtad' y que un árbitro se encarga de recordar en todo momento. Paisaje abierto, libre circulación del aire, pulmones sanos, músculos fuertes, siempre dispuestos a la acción", sintetizó, maestro de los maestros, el italiano Antonio Gramsci, en "El fútbol y el juego de la escoba", que publicó en Avanti en 1918, y en el que no omitió al árbitro.

    Y, además, no jodamos. Hay o puede haber ternura en quienes se hacen cargo de arbitrar. En definitiva, guarda mucha ternura "La leyenda del árbitro sin cabeza", que integra Robotia, el programa para pibes y pibas que emite la señal televisiva PakaPaka. Y, también como desentrañador de las mejores ternuras del planeta, Osvaldo Soriano conmovió narrando alrededor de Herminio SIlva, el oscilante juez de su cuento "El penal más largo del mundo", o de "El hijo de Butch Cassidy", cowboy, filósofo y árbitro de fútbol" que administró a pistoletazos el Mundial de 1942 que Soriano fabuló en la Patagonia. La trilogía la complementó "Gallardo Pérez, referí", otro cuento tan suyo y tan de árbitros: "Cuando yo jugaba al fútbol, hace más de veinte años, en la Patagonia, el referí era el verdadero protagonista del partido. Si el equipo local ganaba, le regalaban una damajuana de vino de Río Negro; si perdía, lo metían preso. Claro que lo más frecuente era lo de la damajuana, porque ni el referí, ni los jugadores visitantes tenían vocación de suicidas..."

    Encima, el arbitraje tuvo un comportamiento generoso con la literatura argentina. A Juan José Panno, por caso, le dibujó la senda para "Primer gol", un cuento precioso que larga así: "Fue el último partido que dirigió en su vida". Al juninense Juan Francisco Vilches le motorizó "El hechizo", con otro inicio tentador: "Había una vez un referí de una liga del interior que, pasados sus años mozos, dirigía los partidos sin correr". A Juan Forn le posibilitó retratar a Diego Maradona (con todo lo que eso dimensiona: Forn retratando a Maradona): "Todos los que estaban dentro de la cancha se sentían comparsa: no sólo sus compañeros sino también el árbitro y los rivales". A Walter Saavedra lo auxilió para enhebrar fútbol, represiones y escritores víctimas de la última dictadura cívica y militar en "Superclásico (La palabra vs. la censura)": "Rezonga desde el piso Paco Urondo... Y el referí lo expulsa" (Justo Urondo, quien, sin aludir al fútbol, poetizó por ahí: "Ella sorteó peligros, engañó a sus árbitros"). A Bernardo Verbitsky le contribuyó en un fragmento de "Villa Miseria también es América", novela para tener siempre a mano: "Interrumpiendo el juego a cada rato, actuaba como referí y linesman al mismo tiempo, y autoritario, ni permitía que los arqueros corrieran cuando se les escapaba la pelota. Tocaba el pito y la buscaba él mismo, volviendo a usar el silbato para que prosiguiese el juego". Y a Roberto Jorge Santoro le vino fenómeno para los versos de "El Fútbol": "y en el grito la botellan/ que el referee con su luto/ le dicen que es un payaso/ que un bombero/ su mujer se fue con otro/ y él está que toca/ y pito". Poeta, periodista y uno de los 30.000 desaparecidos argentinos, Santoro construyó "Literatura de la pelota",que desde 1971 se volvió la más mágica antología de textos sobre fútbol. Desde luego, allí habitan árbitros en cantidad.

    Difícil que tantísima presencia arbitral entre argentinos suscite asombros. Es una relación que promueve de todo. Por un lado, está el cordobés Juan Filloy, grandioso en cada uno de sus libros titulados con siete letras, uno de los fundadores del Talleres cordobés aunque no un fana del fútbol, que fue árbitro en algunas peleas del boxeo, inclusive en una exhibición del legendario Luis Ángel Firpo. Por el otro, aparece Horacio Elizondo, el juez de la final del Mundial 2006, que es autor del volumen "Partido ganado" y que protagoniza otra obra, de Marcelo Maller, que arranca con la palabrita nada menor que argumenta tanta literatura: "Un hombre justo".

    Seguro que a quienes desflecan a profesionales de arbitrar les sobran furias para fundamentar cada incendio que les quema la lengua. Pero habría que averiguar cuánta de la gente que critica mereció la atención de unos cuantos Premio Nobel de Literatura. El alemán Gunter Grass se anticipó a ciertas influencias del Var en "Estadio de noche": "Lentamente ascendió el balón en el cielo. Entonces se vio que estaba lleno el graderío. En la portería estaba el poeta solitario, pero el árbitro pitó fuera de juego". El español Camilo José Cela extremó todo eso en "El holocausto", un cuento con malas consecuencias para Minervino Caeymaex Cabrillas, que se empecinó en cobrar penales adversos al equipo local. Y el colombiano Gabriel García Márquez, en una entrevista con el periodista argentino Jorge Barraza, labró, a su modo único, algo que opera como reivindicación y como cuestionamiento a la vez: "Mientras exista el árbitro, el fútbol será impredecible".

    Quizás suceda que las polémicas sobre arbitrajes y sobre arbitrariedades, tan presentes en estas y en otras horas de la historia del fútbol, no tengan solución en este lado de las cosas. Acaso estimulados por García Márquez, otros dos colombianos amagaron con descifrar eso. Alberto Salcedo Ramos, en "El árbitro que expulsó a Pelé", conjeturó: "Si la cancha es el universo completo y los jugadores son todas las criaturas posibles, entonces el árbitro, que todo lo ve y todo lo juzga, encarna una autoridad más divina que humana". Y Daniel Samper Pizano, en "¡Dele duro, monseñor!", se metió en un partido vaticano entre sacerdotes en el que oficia de árbitro el cura nigeriano M'bow Katanga, tan reprochable en sus fallos que genera una conjetura cruel: "Quiere ser obispo, este aspira a que eI Papa Ie premie su cochino arbitraje...". Ya había divinizado el asunto Iván Diez -marplatense, Augusto Martini en los documentos-, comentarista de boxeo, en su poema "Referí": "Te muerden, referí; te muerden todo;/ te dejan como ropa en un alambre./ Sin embarga, tallás semanalmente./ ¡No hay dudas que tenés un Dios aparte!".

    Los archivos de una literatura a la que, con buena voluntad, es posible denominar "arbitral" no dejan de encadenar grandes firmas. El español Miguel Hernández, poeta entre los poetas, legó su "Elegía al guardameta", en la que transfiguró un poquito a su amigo Lolo Sampedro y versificó con la sensibilidad completa: "Tu grillo, por tus labios promotores,/ de plata compostura,/ árbitro, domador de jugadores,/ director de bravura,/ ¿no silbará la muerte por ventura?". España suma un contrapunto poético de dos brillantes. Rafael Alberti había enhebrado su "Oda a Platko" para ensalzar una gran tarea del arquero del Barcelona ante la Real Sociedad, en una final de 1928. Su mirada fue levemente refutada por Gabriel Celaya, un artista con las venas pintadas con los colores de los rivales de Platko que compuso una contraoda en la que brevemente le dispara a la moral de lo que Dante Panzeri llamó "la negra historia de los hombres de negro": "y el barro, y las patadas, y un árbitro comprado. Todos lo recordamos y quizá más que tú, mi querido Alberti, lo recuerdo yo". Centenares de hinchas y de hinchadas, que hace décadas inventan rimas sin cariño para los árbitros, aplaudirían lo de Celaya de la manera en que se aplaude a los ídolos.

    Los versos imparables de Hernández y de Celaya potenciaron y potenciarán a todas las poéticas de la posteridad. Y, probablemente, por alguna vía indetectable, desembarcaron en los ritmos de Los Miserables, una banda chilena de punk, que, con ecos adentro o afuera de los estadios según lo que cada persona sepa registrar, desafiaron en "El árbitro": "Imparten su justicia en pos de la verdad/ Y queda en sus conciencias, si lo conseguirán/ Vestidos de negro, sonrisa a flor de piel/ Pero son solo cuento, recuerda siempre que/ Todos tienen su precio y es cosa de ofrecer/ Porque a faltas iguales, siempre vamos a perder". Punk y rock encendieron Las Ultrasónicas, una banda mexicana capaz de confrontar con cada conservadurismo y, en su tema "Árbitro vendido", con cada observación ortodoxa sobre el arbitraje: "él era muy bueno y muy especial/ siempre ha estado en medio de la vanidad/ poco a poco me empezó a conquistar/ un hombre de negro de negro es sexy en verdad".

    ¿Con qué arte abordarían al Var gentes como Alorsa o como Galeano? ¿Qué adjetivos le tributarían Marechal o Soriano? ¿De qué forma Santoro lo transformaría en poema? ¿Con qué desarrollo ideológico lo reflexionaría Gramsci? Complicado intuirlo, imposible conocerlo.

    Sólo Fontanarrosa transparentó el presente con una creación del pasado. Lo hizo en "Fútbol y ciencia", un cuento en el que el gobierno judicial del juego no exige de personas aptas para aguantar en las orejas, en la espalda y en la ética una tormenta de improperios. Alcanza con una parafernalia tecnológica desde la que "el juez, fría su mente, gozando del privilegio de beber su marca de cerveza preferida en tanto vigila a los 22 jugadores, cuenta, entonces, con la inestimable ayuda de mil ojos electrónicos, que complementan los suyos". Una línea, la primera de ese cuento, insinúa demoler una historia. Porque dice lo que dice:
    "Hasta siempre, señor árbitro".

    Todos los honores y todos los días para el Negro Fontanarrosa, pero ojalá que eso no ocurra.

    Nos perderíamos demasiada literatura.

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