Relatores

  • Argentina-Brasil, un partido para los libros


    09 de julio de 2021

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    por Ariel Scher

    "Hay muchas formas de dar la vida por la patria y esta es una de ellas”. Sus párpados de gran futbolista se le van sobre una imagen única: la bandera nacional. Se enfrentan Argentina y Brasil. Un repaso literario imperdible de Ariel Scher sobre el superclásico de América.

    Comeuñas sabe que está en el borde de la macana. Peor: sabe que cruzará ese borde y que la macana será macana. Pero no puede frenar. Se lo dice su corazón, un corazón bien jodido de acuerdo con los estudios médicos. No más fútbol. Ni un córner. Ni medio penal. Ni, muchos menos, sudar la gloriosa camiseta de la Selección Argentina durante un rato. Cruzar ese borde es acelerar rumbo a la muerte. Que cosa la vida, qué cosa la muerte y qué cosa, sobre todo, el fútbol. Comeuñas va. Y juega. Se caga en todo. Mentira: no en todo. Lo dice. Lo dice un poquito con la voz y un montón con las vísceras. Lo dice de esta manera: "Hay muchas formas de dar la vida por la patria y esta es una de ellas”. Sus párpados de gran futbolista se le van sobre una imagen única: la bandera nacional. Se enfrentan Argentina y Brasil.

    El cine a veces acomoda lo que la existencia no consigue, así que, a pesar de todas las contraindicaciones, Comeuñas juega y no se muere. Final feliz se llama eso. Comeuñas (interpretado por Armando Bo) es el protagonista de "Pelota de trapo", una más que popular película argentina de 1948, en la que el director Leopoldo Torres Ríos eligió que nadie se vaya muy agobiado de la sala. O eligió eso Borocotó, el uruguayo que se erigió en celebridad periodística en el lado occidental del Plata, cuya labor en El Gráfico inspiraron el guion del filme, un guion en el que tomó parte y que incluye esa frase altisonante en torno de la mezcla sobre el césped de la celeste y blanca y la verdeamarela: "Hay muchas formas de dar la vida por la patria y esta es una de ellas". Igual, casi no importa quién eligió el final o la frase. Importa que, como tantas veces, en el centro de la escena, abrazando corazones impecables y corazones lastimados, el fútbol de Argentina y de Brasil acapara los latidos. Los de la cancha, lógico. Y también los de la literatura.

    En Argentina y en Brasil hay tanto escrito sobre los Argentina-Brasil que abarcarlo es imposible. Acaso eso suceda por lo que plantea el sociólogo brasileño Ronaldo Helal, quien es autor de “Futebol, Mídia e Nação: as narrativas da imprensa argentina sobre o futebol brasileiro”, un libro en el que revisa percepciones periodísticas sobre el clásico. Su sentencia aporta la precisión de Maradona o de Pelé: "Cualquier rivalidad trae en sí una dosis de admiración y de envidia. Sólo rivalizamos con alguien que tenga algo que deseamos poseer o superar. La Ilíada de Homero está repleta de pasajes que retratan la admiración mutua entre griegos y troyanos y entre los héroes Aquiles y Héctor".

    Algo por el estilo percibía Roberto Fontanarrosa, observador y columnista de muchos duelos argentino-brasileños, por ejemplo el del 5 de septiembre de 2001, cuando los muchachos de Marcelo Bielsa triunfaron por 2 a 1 y en el marco de las Eliminatorias mundialistas delante de un adversario que andaba a los tropiezos. Antes del partido, entre la admiración y la broma, publicó: "El rumor toma fuerza. Brasil practicó en la granja Comary de Teresópolis porque si queda afuera del Mundial muchos de sus jugadores deberán dedicarse a tareas rurales. Cafú se está asesorando sobre la elaboración del dulce de papaya -nos dice Chico Moscoso de Aragao, torcedor de Minas Gerais-, Roberto Carlos en el cultivo del repollo y Roque Junior en la cría del agutí".

    Una joda del Negro. Y, a la vez, una demostración de respeto. Para ser, ser de verdad, se necesita al otro, inclusive al opuesto. Como asumió el narrador brasileño Luis Fernando Veríssimo, apenas anoticiado de que aquel conjunto de Bielsa migró rápido a casa en el Mundial 2002: "Raro. No siento aquella natural alegría brasileña con la desgracia de la Argentina. Sé que debería estar largando gritos impiadosos de alegría, pero no puedo. ¿Qué será? ¿Solidaridad sudamericana, tercer mundista, esas cosas? Poco probable. ¿Compasión, buenos sentimientos? Debes estar bromeando. Estamos hablando de la Argentina. No puedo entender mi completa ausencia de salvajes instintos revanchistas satisfechos".

    De nuevo: brasileño Veríssimo. Muy. Tan brasileño como es argentino Hernán Casciari, escritor, futbolero, alguien que se expresó con una música idéntica a Veríssimo en cuanto Alemania concluyó el edificio de su 7 a 1 contra Brasil en la semifinal del Mundial de 2014, irreverentemente en tierra brasileña. "Me gusta que Brasil sea nuestro némesis en América, me gusta pensar en ellos como nuestro peor enemigo. Ah, qué rabia me dan sus camisetas amarillas, sus laterales que suben al ataque, su historia sin mácula, sus cinco estrellitas azules en el pecho… Pero hay castigos que no se le desean a nadie, ni al peor enemigo", redactó. Con flor de título: "El fútbol ha dejado de existir".

    ¿Cómo no soñar, adentro y afuera de los estadios, afuera y adentro de los libros, con toparse con Brasil siendo Argentina o con medirse con Argentina siendo Brasil? Se huele eso en un fragmento de "Papeles en el viento", novela de Eduardo Sacheri. Ahí, a un personaje le fluye su ilusión mayor para el fútbol: "En algún momento, antes o después, como jugador o como técnico -o mejor, antes y después, como jugador y como técnico- llevaría a la Argentina a un nuevo título mundial, luego de derrotar a Inglaterra o a Alemania en semifinales y a Brasil en la final". Casi ese es el tono de Inés Fernández Moreno, hija y nieta de escritores que le pusieron palabras al fútbol, en "Milagro en Parque Chas", un cuento que le encantaba a Fontanarrosa: "Los errores brasileros, en cambio, se multiplican. Equivocan los pases, se comen los amagues, se arman mal en la línea de fondo, erran dos penales imperdibles... El equipo argentino se perfecciona, se vuelve imaginativo, deja jugadas –un caño, un taquito, un gol de media cancha– que podrán recordarse por años. Los goles, en esa fiesta de grandeza, son casi lo de menos y llegan con asombrosa puntualidad. Ganamos cinco a uno". Vencer a la vida difícil y vencer a Brasil funcionan, en esa ficción (¿y afuera de la ficción?), aunque sea por una brevedad, como una sola cosa.

    Quizás esa sincronía entre la reivindicación de vivir y la reivindicación del fútbol ante Brasil haya funcionado como la causa de algunas de las notas más brillantes del periodismo deportivo en la Argentina. Una entre mil, la de Claudio Aisenberg, en Clarín, después de que un gol del Piojo López, en 1998, ejerciera de tarjeta de invitación para una fiesta albiceleste: "Allá todo tenía el fulgurante barniz de la grandilocuencia. Brasil y Argentina, a 42 días del Mundial. Ronaldo y Batistuta. Maracaná remodelado. Entradas agotadas. Colas desde las seis de la mañana para entrar en un estadio que abría sus puertas a las dos de la tarde. La alegría que, suponían en Río, iba a ser sólo brasileña. Suponían".

    No hay una tesis sobre la literatura destinada al fútbol que verifique que las obsesiones de las canchas con arcos son capaces de trasladarse a las canchas de la prosa. Sin embargo, así parece. Antes del Mundial 2014, Lucio Ferreira y José Santamarina construyeron "Cómo ganarle el Mundial a Brasil", una antología de trece cuentos que le dan máquina -y muy bien- al tema. Se comprueba, párrafo por párrafo, en "Sobre el jogo bonito", de Pablo Lanseros, un argentino turisteando en Río de Janeiro: "El adorno que se robaba la atención de todo del lugar era una bandera de Brasil que en lugar de llevar la inscripción Ordem e Progresso decía Tetracampeao y, abajo, para no dejar ninguna duda, rezaba: terra de campeoes. Ya me había arrepentido de ir a comprar ahí, imaginaba que en cuestión de segundos empezaría una charla de fútbol en la que el duelo Argentina vs. Brasil iba a ser el eje central".

    "El fuerte equipo carioca", exalta uno de los versos con los que el poeta Pedro Miguel Obligado homenajeó a la Argentina de 1921, cuando obtuvo el Sudamericano por primera vez. Irreprochable: la dimensión de los contrincantes califica al que se impone. Igual pasa con los elogios: si el que los lanza es un maestro de los textos, vale doble o triple. Algo como esto que admitió Nelson Rodrigues luego de que la Selección hundiera con un 3 a 0 a Brasil para llevarse el Sudamericano de 1957 en Lima: "El equipo no hizo nada. Absolutamente nada. Terrible técnica, táctica y psicológicamente, nos salvamos, sin dudas, de una paliza astronómica". Dramaturgo y cronista, Rodrigues alumbró el periodismo deportivo en su país. Su socio de aventuras fue su hermano, Mario Rodrigues Filho, que mencionó a Argentina en muchos artículos, tan gravitante que bautizaron con su nombre al estadio Maracaná, el albergue de la final de la Copa América 2021 entre Brasil y Argentina.

    Hay partidos que son partidos y eso ya resulta bastante. Pero hay partidos que, además, corroboran que lo humano resulta inabarcable. O que, de tanto en tanto, el fútbol no reúne condiciones para explicar al fútbol y, buena socia, emerge la literatura a ver si ayuda. Cada cachito de argentinidad que encendió los ojos frente al uno de Argentina y al cero de Brasil en el Mundial de 1990, en Italia, seguro da fe de esto. "Abrochar a Brasil con el mejor y más injusto contraataque del mundo", resumió, como si su sorpresa no fuera a esfumarse nunca, Juan Sasturain.  O, como lo contó el uruguayo Eduardo Galeano en "El Fútbol a sol y sombra":  "Los jugadores brasileños dominaron todo el partido, hasta que Maradona, jugando con una sola pierna, se sacó tres hombres de encima en la mitad de la cancha y habilitó a Caniggia, que se fue al gol como una exhalación". Con una consecuencia indetenible a la que -otra vez- convocó Sacheri en "Un verano italiano": "El gol de Caniggia salí a gritarlo a la calle, con tal desafuero que me estropeé la garganta por una semana. Después me puse tan nervioso que apagué la tele y esperé rezando el final del partido".

    Ese monumento a la lógica rota amagó con ser pura imaginación y nada de realidad. Si hasta ocurrió el 24 de junio en el que Lionel Messi, todavía sin pasmar al universo, cumplía tres años. Un acontecimiento de literatura, obvio, como lo comprendió la española Nieves Sevilla, quien transgredió la cédula de identidad de ambos entrenadores -Sebastiao Lazaroni y Carlos Bilardo- y armó un cuento llamado "Lazarrono y Bilarda". Sí, seguro de literatura, al punto que el comentarista Alejandro Apo, por un segundo más tentado por la poesía que por el periodismo, anunció que Claudio Caniggia tendría una oportunidad mientras a Argentina sólo le asomaba la perspectiva de la derrota. "La vida, así, es muy linda" hubiera abreviado Roberto Arlt, quien, al cabo, deslumbrado por Brasil durante su viaje de dos meses a Río de Janeiro en 1930, confesó eso en una de sus "Aguafuertes cariocas".

    Arlt reveló que "la más extraordinaria alegría" de su adolescencia se la obsequió el artista al que más quería emular, un tipo del que se había aprendido páginas enteras. Juan José de Soiza Reilly, ese tipo, periodista famoso, con frecuencia enfundado en sus novedosos anteojos oscuros, le sacudió la emoción al publicarle un cuento. Muchos años después de conmover a Arlt, en 1955, desparramó talento en una memoria que forma parte del segundo tomo de "Historia del futbol argentino", de Editorial Eiffel. Los comienzos del fútbol en Argentina y un par de anécdotas sobre la edad fundacional del periodismo deportivo abren su trabajo, pero lo más fascinante aparece dando vuelta la hoja: devela que, en el transcurso de su segunda presidencia, Julio Argentino Roca incorporó a un equipo de fútbol en una delegación con la que pretendía amainar un despelote con Brasil.

    "El fútbol puede contribuir a que los pueblos se conozcan", aseguró Soiza Reilly que le lanzó ese hombre experto en el poder, anticipando un criterio que, con entusiasmo, adoptarían otros expertos en el poder a través del tiempo. Cierto que esa mirada no le garantizó demasiado porque, después de un recibimiento generoso de los espectadores locales, la cuestión se fue enturbiando como efecto de la sólida actuación de los argentinos. "En el primer tiempo, los criollos hicieron tres goles. Los brasileños, nada. El público empezó a enfriarse. ¿Con qué derecho perdían los brasileños? Las tribunas dejaron de aplaudir. Se acabaron las vivas a nuestro país. Roca se puso pálido. ¡Adiós sueños diplomáticos de confraternidad!", detalló Soiza Reilly. Lo mejor anida en el desenlace: "Roca se dirigió al vestuario con el objeto de felicitar a los dos bandos. Luego tomó del brazo a Jorge Brown -capitán del equipo argentino-, y le habló al oído: '-Mi querido don Jorge. Es imprescindible que ustedes pierdan el partido. Háganlo por la patria, muchachos'".

    Difícil definir si la patria consiste en aquello que motivó al Comeuñas del cine a ofrendar su corazón en un partido o eso que el Roca de la política administró en otro partido según sus necesidades coyunturales.

    Más claro es que la patria, transformada en literatura y en fútbol, suele tener que ver con lo que, al compás de una pelota, hagan Argentina y Brasil.

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