Relatores

Colombia: ni el fútbol ni el reggaetón tapan las muertes


13 de mayo de 2021

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por Roberto Parrottino

En pleno partido de Junior-River, a metros del estadio, hubo balas, gases lacrimógenos, detonaciones, represión a manifestantes. ¿Cuál es el límite del show?

En los alrededores del estadio Romelio Martínez de Barranquilla hay balas, gases lacrimógenos, ruidos de metralletas, detonaciones: represión a los manifestantes que piden suspender el partido. “Sin justicia, no hay fútbol”. En el vestuario visitante, mientras tanto, suena reggaetón. La realidad también se tapa con música. Pero en el minuto de silencio por las víctimas del Covid, antes del comienzo de Junior-River por la Copa Libertadores, se escuchan los estruendos.

Y a los 23 minutos se detiene el partido: los futbolistas lagrimean por el gas lacrimógeno que llega desde las calles. Es el día 15 del Paro Nacional en Colombia, que exige al gobierno de Iván Duque respuestas urgentes ante las desigualdades sociales, pero que recibe hasta ahora al menos 47 muertos, más de 500 desapariciones forzadas, casi 2000 casos de detenciones arbitrarias con abusos y violencia policial y, por supuesto, el show del fútbol en continuado.

En plena transmisión de Junior-River, sin embargo, Diego Latorre, el comentarista, dijo: “Habría que preguntarse por qué el fútbol no tiene la sensibilidad de identificarse con las necesidades del pueblo colombiano. Es hasta irrespetuoso hablar de fútbol cuando están pasando hechos lamentables afuera de la cancha”. La TV futbolera, por un instante, se transformó en plataforma de denuncia de la represión. “ESPN -tuiteó @ElGolGarracol, una cuenta paródica de las cadenas de medios grandes- genera más conciencia de lo que pasa en Colombia a través de un partido de fútbol que Caracol y RCN”. Caracol y RCN hablan de “vándalos” y “actos terroristas”.

River jugó ante Junior en Barranquilla, la ciudad en la que la pobreza subió al 63% en el último año, como en ninguna otra de Colombia, y que será sede de la final de la Copa América que comenzará el 13 de junio, aunque manifestantes piden renunciar a la organización y patrocinadores ya le advirtieron a la Conmebol que “no iban a participar en un torneo en un país cuestionado por organismos internacionales de no respetar los derechos humanos”.

El fútbol no siempre causa efectos de somnífero social. Algunos colombianos recuerdan en estos días de crisis social que el 6 de noviembre de 1985, en medio de la toma del Palacio de Justicia por el grupo guerrillero M-19, que terminó con 101 muertos y 11 desaparecidos, Noemí Sanín, ministra de Comunicaciones del presidente Belisario Betancur, ordenó que se transmitiese por radio y televisión Millonarios-Unión Magdalena. Se jugó en el estadio El Campín, de Bogotá, a diez kilómetros de las llamas en el Palacio de Justicia. Millonarios le ganó 2-0 a Unión Magdalena en el arranque del octogonal final del torneo colombiano. El segundo gol lo marcó el argentino Juan Gilberto Funes. Había cinco mil hinchas. Casi nadie lo gritó. Como en Junior-River, se escuchaba el eco de los ruidos de sirena y los cañonazos de los tanques contra el Palacio de Justicia. Eduardo Luján Manera, DT argentino de Millonarios, lo comparó con los tiempos de la dictadura argentina y el Mundial 78.

El paro por el intento de reforma tributaria de Duque contra la clase trabajadora provocó un hecho atípico en las calles: la unión de las barras de los clubes colombianos, como pasó en el estallido social en Chile, que obligó a la Conmebol a cambiar la sede de la final de la Copa Libertadores 2019 de Santiago a Lima. Los de Sur (Atlético Nacional) y Rexixtenxia Norte 1998 (Deportivo Independiente) marcharon juntos por Medellín. Se vio una bandera con la cara de Diego Maradona, símbolo eterno de fútbol y de lucha en el mundo.

“El fútbol, el deporte más popular, visto y con más seguidores en el mundo, no puede servir para desviar o silenciar la atención de todo el planeta sobre la situación que vive actualmente el pueblo colombiano”, se leyó este miércolés en un comunicado de “Barristas pereiranos”, ya que Atlético Nacional-Nacional por la Libertadores se mudó a la ciudad de Pereira. El partido, de igual modo, se retrasó casi tres horas porque el equipo uruguayo no podía salir del hotel.

Disturbio Rojo Bogotá, barra de América de Cali, expresó que “una Copa América no nos devolverá a Lucas Villa, a Yinson Ángulo, a Nicolás Guerrero, a Santiago Murillo, ni a las personas que perdieron la vida a manos de la policía en medio del Paro Nacional”. No es contra el fútbol, advierten: es contra “el reality show montado por el presidente Duque”, que anunció “$12.500 millones de pesos para la 'reactivación emocional'” que supone la Copa América “en un país en el que la pobreza alcanza el 42,5% y en donde la juventud que hoy se expresa no tiene esperanza futura de estudiar y trabajar”.
 

La Conmebol que preside el paraguayo Alejandro Domínguez, un Estado paralelo que compra vacunas, ya había trasladado partidos de equipos colombianos por Libertadores y Sudamericana a Asunción y Guayaquil. Para Duque, el fútbol y la Copa América son factores de normalización social. Antes de la Copa América 2001, organizada y ganada por Colombia, el entonces presidente Andrés Pastrana, entre atentados, secuestros y asesinatos por el conflicto con la guerrilla, dijo: “Vamos a cambiar bombas por goles”. La AFA no se presentó con la selección. Se quemaron camisetas argentinas. “Grondona, boludo, el único argentino que murió en Medellín fue Gardel y se llenó de gloria”, se leyó en una bandera en el Atanasio Girardot. Pastrana besó la Copa. Y hasta recibió una medalla. El acuerdo de paz entre gobierno y guerilla recién se firmó en 2012.

El presidente Duque no quiere perder “la salvación” de la Copa América, con el inicio de Argentina-Chile en el estadio Monumental de Argentina y con la final en el Metropolitano de Barranquilla. “En Macondo -escribe el premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez en Cien años de soledad- no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz”.
 

 

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