Relatores

  • Detrás de las manos mágicas de De Cecco


    10 de agosto de 2021

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    por Roberto Parrottino

    Elegido el mejor armador de los Juegos Olímpicos de Tokio, el capitán del equipo de bronce es una mente fría que viró al vóley aunque la rompía en el básquet. Desde 2006 en la selección, lucha por mejorar su deporte en la Argentina mientras brilla en la élite de Italia.

    En la habitación, detrás de la repisa, Luciano De Cecco apila más de 250 VHS's de partidos de la NBA. En las paredes, pósters de Michael Jordan, Magic Johnson, Kareem Abdul Jabbar. Le fascinan las volcadas del Juego de las Estrellas. “El vóley -piensa- es menos espectacular”. Tiene 15 años. Le llega una propuesta de Ben Hur de Rafaela para jugar al básquet. Su posición: base. Se muda. Siente el desarraigo cuando mira por televisión las inundaciones en la ciudad de Santa Fe. Aguanta nueve meses. Vuelve. Lo espera el básquet de Gimnasia de 4 de Enero. Pero surgen problemas con el pase: debe estar seis meses sin jugar. El vóley le abre definitivamente la puerta. Le dicen que es “un deporte para mujeres”. Hace oídos sordos. Al poco tiempo, se suma al Proyecto Talentos, de Bolívar, que recluta jóvenes de todo el país. Es marzo de 2004. Dos años más tarde, a los 18, debuta en la selección. Luciano De Cecco, el mejor armador del mundo, ya lleva 15 años con la camiseta argentina. Es el capitán -y la mente fría- de la selección que logró la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Tokio, 33 años después del bronce en Seúl 88.

    De Cecco ejecuta con su 1,91 m movimientos supersónicos con la muñeca derecha, armados a una mano, acomodadas de espalda. El juego antes de los puntos. La ocupación: ayudar a los compañeros a ser mejores. En Tokio, completó 51 entregas y cinco pases de mano bajo. Terminó detrás del brasileño Bruno Rezende como mejor pasador: promedió 10.3 asistencias por set. Pero Brasil perdió el tercer puesto ante Argentina, y ahí aparecieron su templanza y sus dedos exquisitos. Elegido en el equipo ideal de los Juegos, De Cecco había conquistado en abril con el Lube Civitanova la SuperLega de Italia, la NBA del vóley, la que ya había ganado con el Sir Safety Perugia en 2018. “La gente no tiene información. Por eso el vóley no es interesante para Argentina -decía aquel año De Cecco-. A mí y al Chino Simonet, del handball, nos tocó ganar todo en Europa y él fue tapa de los diarios y yo no. No es que me importe, pero eso te da una pauta. Soy el mismo jugador que viene a la Argentina, pero acá no se explota el deporte. Tendremos que vivir a la sombra hasta que consigamos un gran resultado o me retiraré sabiendo que no pude hacer nada por el vóley”. A los 33 años, De Cecco planeaba retirarse de la selección argentina tras Tokio. Pero consiguió “un gran resultado”. Y en septiembre de 2022 se jugará el Mundial en Rusia.

    Detrás del bronce olímpico hubo un movimiento que intentó sacudir la realidad. En 2019, el capitán De Cecco, junto a Facundo Conte, pusieron la cara después de que los jugadores, cansados de la desorganización, firmaran una carta pública en reclamo a la Federación del Voleibol Argentino (FeVA). Pasajes pagados del bolsillo de los voleibolistas, recortes de premios, deudas, porcentajes por transferencias, falta de alojamiento en el país, atrasos en los sueldos de los empleados, desigualdad de género. “No hay gente del vóley manejando el vóley”, dijeron. “¿Qué me lleva a hacer esto? -se preguntó De Cecco-. A mí, después de todo lo que hice, nada. Pero estamos pensando en el futuro de la selección, en las chicas que no tenían voz para decir públicamente sus problemas. Si no conseguimos un resultado impactante, igualmente el vóley debería ser conocido”.

    Ricardo De Cecco, su padre, jugó con el club Unión de Santa Fe durante los primeros años de la Liga Nacional de Básquet. Hoy es el entrenador de Colón. Cada vez que su hijo venía a la Argentina desde Italia, le recriminaba: “Vas a Buenos Aires a poner guita de tu bolsillo para jugar en la selección en lugar de tomarte tres meses de vacaciones”. No le hizo caso. Y Luciano De Cecco es el tercer santafesino medallista olímpico en la historia, después del polista Arturo Kenny (oro en París 1924) y del basquetbolista Carlos Delfino (oro en Atenas 2004 y bronce en Pekín 2008). El exfutbolista santafesino César Carignano jugó en Colón y Atlético de Rafaela en la provincia. También tres partidos en la selección argentina. “Aprendiz de escritor”, Carignano le dedicó unas líneas a De Cecco.

    -Observa el entorno, las ubicaciones de los suyos, el posicionamiento de los rivales, piensa alternativas y toma decisiones porque es el que debe tomarlas todo el tiempo. El conductor, el guía, el titiritero. El armador. Quizá sea su personalidad, quizá su experiencia, quizá su madurez, pero nada lo conmueve hacia afuera. Nadie sabe lo que ocurre ahí dentro y tal vez por ello los oponentes tampoco le saquen la ficha. Es un líder diferente en el campo de acción. Pocas palabras, muchas miradas, ningún gesto. Un tipo de líder que se corre del molde de líder estereotipado. Ese es Luciano De Cecco. Que también es, claro está, el del desahogo del final, el de las lágrimas, los gritos y los abrazos emotivos.

    Antes de Tokio, su tercer Juego Olímpico, el más veterano de la selección de vóley bronceada en el calor japonés pasó la cuarentena de 2020 en el encierro forzado de Italia, acompañado de su pareja, la tenista Paula Ormaechea. Leyó un libro sobre la vida de Maradona, “Once anillos”, del entrenador de básquet Phil Jackson, y la biografía de Jack Ma, el empresario chino creador de Alibaba, una plataforma de comercio online. También se deglutió en dos días “The last dance”, la serie de los Chicago Bulls de Jordan. Pero a veces, también, se sintió como si fuera “un bolso tirado en el sofá”. Como Lionel Messi, a pesar de llevar 13 años viviendo en Italia, todavía se come las “eses” como buen santafesino, aunque le agregó la tonada local. Con la medalla olímpica, De Cecco pospondrá el retiro de la selección. En Tokio certificó su lugar en la historia del vóley argentino. En verdad, en el deporte argentino. Él, de todas maneras, seguirá imperturbable. Afuera de la cancha, comerá todo el día semillas de girasol. Adentro, verá lo que nadie ve y activará sus manos mágicas. “Lo malo, las adversidades -suele repetir De Cecco- se transforman en motivación”.

     

     

     

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