Relatores

  • El fútbol como contraseña para ponerle nombre y cara al horror talibán en Afganistán


    26 de agosto de 2021

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    por Roberto Parrottino

    Zaki Anwari, promesa juvenil de ese país, murió al caer de un avión de Estados Unidos en plena huida. La selección femenina simboliza la resistencia. Y el Estadio Ghazi guarda el recuerdo de las ejecuciones.

    Zaki Anwari había logrado atravesar el bloqueo talibán al aeropuerto de Kabul. Entre la marea humana que intentaba treparse a las ruedas y las alas, había podido aferrarse al tren de aterrizaje del Boeing C-17 de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, en retirada después de 20 años de intervención. Pero apenas el avión tomó vuelo, Zaki Anwari cayó al vacío. Tenía 17 años. Jugaba en las selecciones juveniles de Afganistán. Era N° 10. Zaki Anwari huía del régimen talibán que retomó por estas horas a sangre y fuego el poder en Afganistán. Entre 1996 y 2001, cuando fueron gobierno, los talibanes limitaron música, TV y fútbol. La selección masculina no jugó ningún partido. Y transformaron a estadios en campos de lapidaciones y ejecuciones públicas. “Zaki era amable y paciente, pero como muchos de nuestros jóvenes vio en la llegada de los talibanes el fin de sus sueños y oportunidades deportivas. No tenía esperanzas y quería una vida mejor”, contó Aref Peyman, jefe de prensa de la Federación de Fútbol de Afganistán. Zaki Anwari, hincha del Barcelona, tiene nombre y cara gracias al fútbol. Pero su historia resume el sufrimiento de miles.

    La selección femenina corrió mejor suerte. Salió el martes de Afganistán en un avión de ayuda humanitaria del gobierno de Australia. Las futbolistas habían sido alertadas del peligro que corrían por Khalida Popal, 34 años, pionera del fútbol en Afganistán y primera capitana de la selección. Popal sufrió un doble destierro: refugiada en Pakistán en 1996 tras la asunción del Talibán y exiliada desde 2016 en Dinamarca a partir de las amenazas de muerte por su militancia feminista como directora de la Federación de Fútbol de Afganistán. “Mi problema -dijo antes de escapar de su país- no son los talibanes con pistolas, sino los talibanes con corbata, traje y botas, o las personas con la mentalidad de los talibanes, que están en contra de las mujeres y su voz”. Shabnam Mobarez, actual capitana de la selección, advirtió ahora que quitarles el fútbol a las niñas de Afganistán será quitarles la ilusión, un modelo a seguir. “Hemos levantado el fútbol femenino durante 20 años y todo se puede venir abajo con el nuevo régimen -temió-. El fútbol es una herramienta de empoderamiento muy poderosa. Cuando una mujer afgana disputa un partido, pelea junto a sus compañeras por el derecho a jugar a fútbol”.

    La selección femenina, que nunca jugó en Afganistán, nació en 2007, mezcla de acto de rebeldía y de pantalla internacional de los cambios sociales de los gobiernos apoyados por Estados Unidos, con financiación de la FIFA y ONGs internacionales. Los talibanes apedrearon, persiguieron, violaron y mataron a mujeres por jugar al fútbol. Pero no sólo los talibanes, como marcó Popal. En 2018, Popal, Mobarez y la entrenadora de la selección Kelly Lindsey denunciaron los abusos sexuales y extorsiones mentales a cambio de convocatorias que sufrieron las jugadoras de parte de los dirigentes. Keramuddin Karim, presidente entre 2013 y 2018 de la federación, fue suspendido de por vida por la FIFA, pero no recibió condena. Desde entonces, la selección femenina de Afganistán tampoco jugó ningún partido más.

    Nadia Nadim huyó de Afganistán luego de que el Talibán asesinara a su padre general del Ejército en la guerra civil, en 1996. Tenía ocho años. Después de que su madre le pagara a un traficante de personas, escondidas en un camión, Nadim viajó junto a sus cuatro hermanas a Dinamarca con pasaportes falsos, aún con “el olor de los cuerpos quemados”. Nadim aprendió a jugar a la pelota en centros de refugiados. Hoy es embajadora de la UNESCO y estudiante de Medicina. Y futbolista de la selección danesa y del Racing Louisville de Estados Unidos, al que arribó tras jugar en el París Saint-Germain, el club-Estado de Qatar, el país en el que aterrizó el avión militar estadounidense del que cayó Zaki Anwari. El documental “Bitter Lake” (2015), de Adam Curtis, desliza que los modernos países islámicos ricos en medio del desierto, como Qatar, son producto del desvío de los fondos que prometían “reconstruir” a Afganistán.

    Cuatro días después de la entrada de los talibanes a Kabul, Attack Energy -equipo de la bebida energizante afgana- le ganó 1-0 a Herat Money Changers -equipo de la casa de cambios de monedas- en la final de la liga regional de Herat y se ganó un lugar en la Afghan Super League, la nueva primera división con ocho equipos. Carlos Igualada, director del Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo y autor del libro “Terrorismo y Deporte”, cuestiona la versión de que el fútbol fue despreciado por el Talibán: “Fue utilizado para atraer a los ciudadanos y que, de alguna forma, se convirtiese en una herramienta útil para aleccionar a toda la sociedad”. Durante el último gobierno de los talibanes, el fútbol se centró en el Estadio Ghazi de Kabul, remodelado y reducido para 27 mil personas en 2011 con dinero de Estados Unidos. En el entretiempo de los partidos, “ofrecían” el espectáculo del horror: las ejecuciones sobre el césped, ante los hinchas. “Las almas de los ejecutados siguen por aquí -dijo una vez Mohammad Nasim, viejo canchero del Estadio Ghazi-. Ha corrido demasiada sangre sobre este terreno, por lo que tuvimos que poner una capa de tierra extra encima para que todo quedara oculto”.

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