Relatores

Cortázar, Ho Chi Minh, Siki, el boxeo y el racismo


19 de mayo de 2021

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por Ariel Scher

Imperdible crónica de Ariel Scher sobre el boxeo atravesado por un innombrable -pero a la vez innegable- racismo latente.

Julio Cortázar sabía que la vida estaba llena de gran boxeo y de grandes textos sobre el boxeo. Y también sabía que esa proximidad entre el boxeo y los textos tenía un autor entre los autores, alguien que había habitado de dignidad una página germinada con las aguas intensas que fluyen desde un ring. No se trataba de un señor cuya fama central deviniera de la escritura aunque escribía muy bien y mucho. El autor dilecto del texto boxístico también dilecto de Cortázar había sacudido la puerta de entrada de la historia porque transformó la realidad haciendo política. Vietnamita, vencedor de los ejercicios imperiales de Francia y de los Estados Unidos en su tierra, ese tipo era Ho Chi Minh.

"Cuando vi la transmisión de la pelea Bouttier-Monzón, me indignaron los comentarios racistas que hacía el relator", le comentó Cortázar, observador de una de las dos victorias bravas del campeón argentino frente a su retador francés, al periodista Antonio Trilla en una entrevista en la que el jazz impacta y el boxeo afina. Y apuntó más: "En los años veinte, Ho Chi Minh era cronista de boxeo para una revista en París". Y más: "Escribió un extraordinario alegato contra el racismo, desde luego sin usar ni una sola vez esa palabra".

Puede que retumbe con los ecos del asombro, pero el hallazgo de Cortázar resulta tan emocionante como exacto. A Ho Chi Minh, hijo de maestro, lo parieron en Hoang Tru, en el centro de su Vietnam, el 19 de mayo de 1890, hacen ahora 121 años. Antiesclavista desde tempranito, se las arregló como auxiliar de cocina en un barco y llegó a Francia en 1911. No pasó demasiado para que los dolores de un planeta inequitativo le encendieran una convicción revolucionaria y para que se integrara al socialismo y al comunismo. La maravilla que deslumbró a Cortázar surgió de ese recorrido vital e ideológico.

El primer día del diciembre de 1922, la publicación La Paria incluyó un artículo de Ho Chi Minh a cuyo primer párrafo no le sobra ni una consonante: "Desde que existe el colonialismo, los blancos han cobrado por partir la cara de los negros. Por una vez un negro ha cobrado por hacer lo mismo a un blanco. Estando en contra de todos los actos de violencia, desaprobamos ambos procedimientos". "Siki" se titulaba esa fiebre hecha palabras en la que quedaba cristalizado un universo. "Siki" porque Siki, oriundo en Senegal, diferente a Ho Chi Minh pero también desembarcado en Francia desde lejos y por caminos difíciles, venía de convertirse en el primer campeón mundial de boxeo nacido en África.

El triunfo de Siki destartalaba los manuales de los cuadriláteros y ofendía a las tramas culturales de los sectores marginatorios de Francia. En el sexto round de una pelea que le habían avisado que debía perder, noqueó a George Carpentier, hasta ahí el mejor de los semipesados de todas las geografías, plena fama y pura blancura, y rozó un cielo que, en general, se llama gloria. Debía perder Siki, sí, pero intentó la derrota de una manera tan ineficiente que hasta el árbitro le exigió que se dejara caer sobre la lona con formas más creíbles. "La fortuna sonríe solamente a los ricos", anotó Ho Chi Minh sobre ese enfrentamiento del 24 de septiembre. Sin embargo, algo, algo que suele latir cuando la médula de lo humano parece arrasada o humillada definitivamente, provocó que Siki pateara el encargo que le correspondía ese día, le sacara lustre a su potencia, desestimara los billetes que reuniría por derrumbarse y se rebelara con todo y contra todo.

Bernardo Kordon, un escritor argentino que coincidió con Ho Chi Minh en cuestionar imperialismos y en generar hojas notables, fabuló "Kid Ñandubay", ya un clásico de literatura del boxeo. El protagonista es un pugilista con seudónimo guaraní, procedencia rusa y duro horizonte: le toca ser un desarrapado, un condenado a no ganar para llevarse unos mangos. No obstante, las burlas y los agravios del público lo sublevan y, más allá del desenlace de esa novela corta, modifica su destino y su sentimiento a base de trompazos honorables. Una cosa como esa atravesó a Siki, a quien pretendieron declarar vencido frente a Carpentier a pesar de la evidencia de su éxito. Sin embargo, como detalla Ho Chi Minh -y como reconstruyeron el célebre periodista estadounidense Nat Fleisher y, más adelante, el español José Naranjo o el peruano Juan Carlos Ortecho, entre otros-, fueron los espectadores quienes impusieron a los jueces que ese muchacho era, de verdad, un campeón, el campeón.

Cómo no iba a cautivarse Cortázar. En las líneas de Ho Chi Minh cabe todo: la hipocresía de una sociedad que discrimina, el complejo camino para que haya justicia, la intolerancia maquillada de costumbres amables. Siki tumbó a Carpentier sobre un suelo al que arribó no por sus puños como piedras sino porque nadaba bien en un rincón de Senegal, cuando no imaginaba que lo bautizarían Battling Siki y aún respondía al nombre de Amadou M'Barick Fall. Aunque no desarrollaba la natación como deportista. Lo suyo, igual que lo de otros pibes, consistía en rescatar del fondo del mar algunas moneditas que lanzaban los turistas europeos. Una dama, presuntamente conmiserada, lo cobijó y lo transportó a Europa. Ahí lo pasó por encima la Primera Guerra Mundial, en la que caminó entre cadáveres y emergió condecorado. Después, lo salvaron los golpes.

La condición de rey le duró a Siki lo que cada posesión de su existencia: nada. Así le sucedió con la plata, con el reconocimiento, con vivir. El título se le esfumó al año siguiente, enseguida migró a los Estados Unidos y lo mataron en las calles de Nueva York en 1925. En el medio, una argucia ridícula le derivó en una suspensión para competir sobre geografía francesa. Si a Cortázar lo inflamó el racismo del relator de Monzón-Bouttier, a Ho Chi Minh aquella determinación le suscitó una repugnancia parecida. Lo sentenció: "Siki, un negro, nunca será perdonado por haber derrotado a Carpentier, un blanco, y si Carpentier no guarda rencor, el chovinismo de otros sí lo hace".

El deporte no constituye el eje de la prosa de Ho Chi Minh. Se coincida o no con su estilo y con su proceder político, constituye una prosa nunca obvia porque, como detectó Cortázar con agudeza, hasta retrató al racismo sin apelar a la palabra racismo. En un repaso por los actos del invasionismo francés, recordó la captura, en 1951, de más de 16.000 personas a las que "encerraron en un campo de fútbol rodeado por alambradas de espino y guardadas por soldados con perros". Para esa época, ya hacía rato que lideraba, como primer ministro y como presidente, la modelación del Vietnam que soñaba. Murió en 1969, sin ver la conclusión de la guerra contra los Estados Unidos. No pudo ver eso y tampoco que, en su país, hay un club con su nombre que festejó varias veces ser campeón nacional de fútbol.

A Cortázar, el registro del magnífico texto de Ho Chi Minh no lo impulsó a citar a Carpentier en su obra abundante en boxeadores. Prefirió referirse a Jack Dempsey, el estadounidense campeón de los pesados que durmió en cuatro vueltas al francés en 1921, pero como adversario del argentino Luis Ángel Firpo. Lógico: en su casa de Banfield, a los nueve años, el 14 de septiembre de 1923, Cortázar se enteró de que, en el Polo Grounds de Nueva York, a Firpo le habían robado el nocaut a Dempsey en el asalto inicial y que, en el round siguiente, el nocaut lo recibiera él. La persistencia de esa frustración de infancia ingresó en "Circe" y en "El noble arte", dos creaciones con toda su huella. Suena congruente, dado que la pasión por el boxeo lo acompañó siempre.

Acaso lo insólito resida en que quien instaló en algún renglón de la literatura argentina a Carpentier haya sido Jorge Luis Borges, no precisamente un fana del deporte (y tampoco del marxismo de Ho Chi Minh). Y encima lo desarrolló en la sede de la Sociedad Argentina de Escritores. Ocurrió en 1974, cuando fue convocado como orador central de un acto por el centenario del nacimiento de Macedonio Fernández, otro enorme escritor al que valoraba mucho. Sorpresa: Borges develó que Macedonio había permanecido atento al cruce Dempsey-Carpentier y que había vaticinado con precisión que Dempsey resolvería todo en un ratito.

Tienta suponer qué párrafos hubieran brotado desde los dedos de Ho Chi Minh o desde los de Cortázar en la tercera década del siglo veintiuno cuando muchísimos deportistas pisan las canchas o las pistas y se manifiestan contra el racismo. O qué hubieran proclamado el 25 mayo del 2021, al cumplirse un año de que la brutalidad de la policía de Mineápolis asesinara a George Floyd. Imposible conjeturarlo. Apenas surgen dos certezas. Una es que perseverarían en la batalla por un mundo sin el espanto de las segregaciones. La otra es que hay que continuar leyendo a Ho Chi Minh y leyendo a Cortázar.

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